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domingo, febrero 11, 2024

Libros: 30 paisajes de la historia de España

30 paisajes de la historia de España

Alberto de Frutos Dávalos, Eladio Romero García
Larousse
2023
192 págs.
Los lugares están habitados por las gentes de hoy, pero también por los ecos del pasado. En 30 paisajes de la historia de España se recrean en orden cronológico otros tantos episodios vinculados a lugares que constituyen jalones no solo de la historia local, sino del devenir común.
De la brumosa civilización tartesia del suroeste peninsular al que hasta el momento quizá haya sido el último gran logro compartido, en el año 1992, pasando por el Acueducto de Segovia como ejemplo sin par del ingenio romano, el origen del imperecedero Camino de Santiago, el Corral de Comedias de Almagro en el Siglo de Oro, la montaña del Príncipe Pío en el Dos de Mayo o la primera bodega riojana, este libro recorre algunos de los sitios en los que ocurrieron importantes sucesos o que caracterizan fenómenos de nuestra historia (política y militar, social, económica o cultural).
Prologado por Iñaki Gabilondo, 30 paisajes de la historia de España es una aproximación original a la historia de España, a partir de algunos de los escenarios que la han configurado.

lunes, noviembre 27, 2023

Libros: HIROSHIGE

HIROSHIGE

Vistas del monte Fuji

David Almazán (editor)
Sans Soleil
Vitoria-Gazteiz
2023
224 págs. 
Hiroshige, el gran maestro del paisaje japonés, nos muestra de manera poética la elegante belleza del monte Fuji.
El pincel de Hiroshige captó como ningún otro el encanto del paisaje japonés, en el que con frecuencia se asoma el monte Fuji, la cumbre más elevada del archipiélago nipón. Este volcán, cercano a la capital Edo (actual Tokio), era visible desde numerosas poblaciones y desde las principales carreteras del país. Por esta razón, tanto en sus vistas de Edo como en sus paisajes por las provincias, Hiroshige dibujó innumerables veces la inconfundible silueta del monte Fuji.
Este libro presenta las estampas más destacadas de la producción de Hiroshige que tienen al monte Fuji como protagonista y, también, de manera integra, las dos series que el artista publicó bajo el título Vistas del monte Fuji en 1852 y 1858. En conjunto, este libro es una magnífica manera de adentrarse en el universo artístico de Hiroshige y conocer sus grandes obras maestras, que se elevan a la altura del monte Fuji.
Incluye las series "Vistas del monte Fuji" (1852 y 1858) y "Cien vistas del monte Fuji" (1859) al completo.
Utagawa Hiroshige, seudónimo artístico de Ando Hiroshige (1797-1858) es uno de los grandes genios de la estampa japonesa ukiyo-e del período Edo (1615-1868). Célebre por sus series Cincuenta y tres estaciones del Tokaido o por sus Cien vistas famosas de Edo, siempre se ha reconocido en Hiroshige una gran capacidad para el dibujo, un gran sentido del color y, sobre todo, una gran capacidad poética para captar la belleza de la naturaleza en cualquier momento. Fue un apasionado viajero por los caminos del país, que recorrió tomando apuntes de los paisajes más singulares. Desde sus primeras obras, hasta sus últimas obras maestras, el monte Fuji es el centro de atención de muchas de sus estampas, que culminaron con dos hermosas series que tituló Treinta y seis vistas del monte Fuji. Sobre este autor, la editorial Sans Soleil ha recuperado recientemente los escritos del japonés Yone Noguchi (1875-1947).
David Almazán profesor de Historia del Arte. Especializado en arte japonés, estampa ukiyo-e y Japonismo, temas sobre los que ha impartido varios cursos, comisariado destacadas exposiciones y escrito numerosas publicaciones. Actualmente es Vicedecano de Cultura de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Zaragoza. Recientemente, por su trayectoria investigadora ha recibido la Distinción del Ministro de Asuntos Exteriores de Japón. En Sans Soleil ha publicado seis obras en nuestra colección Japón.

jueves, octubre 26, 2023

Arte: Paul Cézanne

"La pintura está en la sensación, el parecido no es nada", afirmó rotundamente Paul Cézanne (1839-1906). Este cuadro se lo compro a su autor Pablo Picasso y lo donó al Museo que lleva su nombre en París en 1978.  
La mer à L'Estque (1878-1879), de Paul Cézanne. Óleo sobre lienzo. Museo Picasso, París, Francia
"No solamente pinto lo que veo, sino pinto lo que siento". Estas palabras de Cezanne se reflejan en este cuadro. El pintor dota de sentimiento al paisaje de este pueblo de la costa mediterránea francesa donde pasó mucho tiempo. Su fascinación por el lugar lo llevó a plasmarlo una docena de veces de distintas ubicaciones. También pintaron L'Estaque Braque y Derain. 

viernes, agosto 13, 2021

De Wang Wei a Monet, veinte paisajes para pasear la mirada (XX)

Claude Monet (1840-1926) fue un pintor francés destacado por ser uno de los principales promotores del movimiento impresionista. Nacido en París, pasó la mayor parte de su infancia en Le Havre (Normandía), donde pudo desarrollar su vocación artística asistiendo a clases de dibujo. Sus primeros trabajos fueron caricaturas de profesores y otros estudiantes que eran expuestas en una marquería de la ciudad, un género completamente distanciado del estilo por el que es conocido actualmente. Durante su estancia en Le Havre Claude Monet conoció a Eugène Boudin, pintor francés que lo anima a introducirse en la pintura al aire libre. Tras percatarse de que su verdadera pasión era la pintura, Monet decide trasladarse a París a finales de la década de 1850 para formarse en la Academia de Charles Suisse. No obstante, en 1861 se ve obligado a abandonar su aprendizaje para cumplir con el servicio militar obligatorio, siendo destinado a Argelia. Un año más tarde, en 1862, enferma de fiebre tifoidea y regresa a Le Havre. Allí retoma su carrera como pintor inscribiéndose en el taller del artista suizo Charles Gleyre, en el que también estudiaban Pierre-Auguste Renoir, Alfred Sisley o Frédéric Bazille.En 1865 Claude Monet regresa a París, aunque en esta ocasión acompañado de su amigo Bazille. Ambos se establecen en la capital francesa con el objetivo de encauzar sus respectivas carreras artísticas. En un principio, la obra de Claude Monet tuvo una excelente acogida por la crítica y uno de sus cuadros, Camille con vestido verde (1866), llegó a exhibirse en el prestigioso Salón de París. Ante los buenos resultados, Monet continuó trabajando y pintó Mujeres en el jardín, cuadro que también presentó al Salón de París. Sin embargo, esta vez la obra fue rechazada y la situación económica del pintor francés empezó a empeorar. Buscando el apoyo de su familia, Monet opta por pasar el verano de 1867 en Le Havre, etapa en la que pinta La terraza de Sainte-Adresse, una de sus obras paisajistas más representativas. En 1867, Bazille compra la obra Mujeres en el jardín con el objetivo de ayudar económicamente a su amigo Claude Monet, que ya había tenido su primer hijo con Camille Doncieux, musa del cuadro Camille con vestido verde.

Impresión, sol naciente, 1872

En los años 1880 repunta el mercado de pinturas impresionistas y Claude Monet tiene suficiente solvencia económica para trasladarse a la localidad francesa de Giverny. Allí se establece con sus dos hijos y su nueva pareja sentimental Alice Hoschedé. En esta etapa Claude Monet trabajó especialmente en el jardín de su casa, en el que construyó un estanque colmado de nenúfares y plantó diversas especies como sauces y árboles exóticos. Su preciado jardín pronto se convirtió en la principal fuente de inspiración del artista, surgiendo obras como El puente japonés (1899) o El estanque de las ninfeas (1900). El pintor francés Édouard Manet influyó notablemente en la obra de Claude Monet y en la de otros artistas considerados como promotores del impresionismo. Los últimos años de Claude Monet estuvieron marcados por una elevada productividad artística. Sin embargo, esto cambió drásticamente cuando se acrecentaron sus problemas de cataratas. Pronto comenzó a perder la vista lo que obstaculizó de forma notable su progreso artístico. Monet llegó a romper bocetos y cuadros sin terminar con el objetivo de que no llegaran al mercado del arte. Todo ello, sumado a la muerte de su segunda esposa y al fallecimiento de uno de sus hijos provocaron una profunda depresión en el artista. Finalmente, falleció en 1926 en Giverny.
Claude Monet dejó tras de sí una imborrable aportación al mundo del arte a través de su extensa colección de obras impresionistas. Inició su carrera influenciado por el realismo pictórico y finalizó con una pintura más naturalista y abstracta marcada por la disolución de las formas. A pesar de las diferentes influencias, su pintura comparte un excepcional tratamiento de la luz y el color con el que Monet conseguía captar y representar todo aquello por lo que se sentía atraído.

jueves, agosto 12, 2021

De Wang Wei a Monet, veinte paisajes para pasear la mirada (XIX)

Alfred Stevens nació en Bruselas, 11 de mayo de 1823, donde fue formado por François-Joseph Navez, discípulo a su vez de Jacques-Louis David. Estuvo activo sobre todo en París, donde se estableció en 1844. Sus primeras pinturas reflejaban la vida miserable de las clases bajas de París.
Su pintura llamada Ce que l'on appelle vagabondage, atrajo la atención de Napoleón III en la Exposición Universal de París de 1855. Durante un tiempo, sus temas históricos y su gusto por el kitsch oriental le hicieron que fuera catalogado como un pintor académico. Desde 1860, cambió de temática y consiguió un enorme éxito con sus pinturas de mujeres jóvenes vestidas a la última moda posando en elegantes interiores, sus escenas interiores burguesas le acercaron más a Henri Gervex. Se le conoce como el Gerard ter Borch francés, en homenaje a su talento para la representación de los pequeños detalles y telas suntuosas.
Lighthouse at dusk (Faro al anochecer). Óleo sobre lienzo. 
Consiguió un gran éxito en la Exposición de París de 1867 donde recibió la Legión de Honor. Se desenvolvía igualmente en la corte imperial de Napoleón III y en la alta sociedad, que en los medios artísticos y bohemios de la capital. Fue un buen amigo de Edouard Manet, que le presentó a su propio círculo de relaciones: Edgar Degas, Berthe Morisot y Charles Baudelaire. Con el pintor estadounidense afincado en Francia, James McNeill Whistler compartió su entusiasmo por los grabados japoneses. También pintó marinas y escenas costeras en un estilo muy libre, casi impresionista, próximo a Eugène Boudin y Johan Barthold Jongkind. Al final de su vida, su estilo deja ver cierta similitud con la de su contemporáneo John Singer Sargent. Publicó en 1886 Impressions sur la peinture, que consiguió un éxito considerable. Es, en el año 1900, el primer artista vivo en conseguir una exposición individual en la Ecole des Beaux-Arts de París. Dejó de pintar en la década de 1890 debido a problemas de salud y murió en París en 1906.
Sus pinturas fueron muy populares en los Estados Unidos, donde la poderosa familia Vanderbilt compró muchas de sus obras. Sin embargo, la mayoría se quedó en Francia y Bélgica.

miércoles, agosto 11, 2021

De Wang Wei a Monet, veinte paisajes para pasear la mirada (XVIII)

Berthe Marie Pauline Morisot (Bourges, 14 de enero de 1841-París, 2 de marzo de 1895) fue una pintora francesa, fundadora y figura clave del movimiento impresionista. Desarrolló una carrera artística profesional durante más de tres décadas, exponiendo desde los 23 años en Salón de París, e incorporándose más adelante a la vanguardia de las exposiciones impresionistas comenzadas en 1874, de las cuales también participaron Claude Monet, Edgar Degas y Pierre-Auguste Renoir, entre otros. Sus esfuerzos por plasmar las sensaciones de visión mediante una compleja red de pinceladas quebradas la colocaron en la vanguardia de su época. Su pintura, muy ligada a su propia vida y a la de las personas que la rodeaban, muestra su entorno tal y como ella lo veía, con una gran naturalidad.
El río Pont Aven en Roz-Bras, 1867. Óleo sobre lienzo. Colección privada, Chicago
A pesar de que hasta finales del siglo XX, la historia del arte había relegado su historia y participación a un segundo plano, ambos su talento y habilidad, le valieron el respeto y reconocimiento públicos de sus colegas varones contemporáneos, logro por lo demás inusual para las mujeres de la época. Su voluntad de romper con la tradición, la trascendencia de sus modelos y su capacidad la convierten, para algunos autores, en “la gran dama de la pintura”

martes, agosto 10, 2021

De Wang Wei a Monet, veinte paisajes para pasear la mirada (XVII)

James Abbott McNeill Whistler (Lowell, Massachusetts, Estados Unidos, 11 de julio de 1834 - Londres, 17 de julio de 1903) fue un pintor estadounidense ligado a los movimientos simbolista e impresionista. Desarrolló la mayor parte de su carrera en Francia e Inglaterra. Se destacó principalmente como retratista y también como grabador.
Gris y Plata - La Playa de Battersea, 1863. Óleo sobre lienzo. Instituto de Arte, Chicago. Estados Unidos

lunes, agosto 09, 2021

De Wang Wei a Monet, veinte paisajes para pasear la mirada (XVI)

El cuadro titulado Paisaje de Auvers después de la lluvia o Paisaje con carro y tren​ es un óleo sobre tela de Vincent van Gogh (1853-1890) realizado en junio de 1890, poco antes de su muerte. Se conserva en el Museo Pushkin de Moscú.
Este cuadro fue realizado en junio de 1890 después de que el autor abandonó en mayo el asilo de Saint-Rémy-de-Provence. Van Gogh lo pintó la semana después de haber compuesto los retratos del doctor Gachet y poco más de un mes antes de su muerte (el 29 de julio de 1890). El punto de vista desde arriba era una de sus perspectivas favoritas desde sus días dibujando en las dunas de Scheveningen en La Haya con la ayuda de un marco de perspectiva. 
Vincent van Gogh pintó esta tela mientras permanecía en Auvers-sur-Oise pasando los últimos meses de su vida. En medio de la tela (que está dividida por dos líneas horizontalesː la carretera blanca y al fondo el tren con la humeante locomotora a vapor, lanzado a toda velocidad en sentido inverso a la marcha del carro) se encuentra un carro cuya rueda de un rojo anaranjado atrae la atención; podría ser interpretada como un símbolo de la vida, del movimiento y del sol.​ Los campos forman líneas verticales en tonos pálidos azules y verdes, con reflejos de lluvia.​ En medio a la derecha se encuentran casas de tejados rojos. Es mediados del mes de junio, las primeras amapolas se adivinan.

sábado, agosto 07, 2021

De Wang Wei a Monet, veinte paisajes para pasear la mirada (XV)

Paul Cézanne (Aix-en-Provence, 19 de enero de 1839-Ib., 22 de octubre de 1906) fue un pintor francés posimpresionista, considerado el padre de la pintura moderna y cuyas obras establecieron las bases de la transición entre la concepción artística decimonónica hacia el mundo artístico del siglo XX, nuevo y diferente. Sin embargo, mientras vivió, Cézanne fue un pintor ignorado que trabajó en medio de un gran aislamiento. Desconfiaba de los críticos, tenía pocos amigos y hasta 1895 expuso solo de forma ocasional. Fue un «pintor de pintores», que la crítica y el público ignoraban, siendo apreciado solo por algunos impresionistas y al final de su vida por la nueva generación.
La montaña Sainte-Victoire, 1905. Óleo sobre lienzo, Kunsthaus Zürich, Suiza

viernes, agosto 06, 2021

De Wang Wei a Monet, veinte paisajes para pasear la mirada (XIV)

Gustave Courbet (Ornans, Francia, 10 de junio de 1819-La Tour-de-Peilz, Suiza, 31 de diciembre de 1877) fue un pintor francés, fundador y máximo representante del realismo, y comprometido activista republicano, cercano al socialismo revolucionario. Estudió en la Academia Suiza la obra de los principales representantes de las escuelas flamenca, veneciana y holandesa de los siglos XVI y XVII.
El arroyo Brème, 1866. Óleo sobre lienzo. Museo Nacional Tyssen-Bornemisza, Madrid
«Mantengo que la pintura es un arte esencialmente concreto, que únicamente debe consistir en la representación de las cosas reales y existentes», escribía Gustave Courbet en una carta abierta a sus alumnos en 1861, apartándose deliberadamente de la pintura de asuntos mitológicos o históricos, predominante en aquellos años. El pintor, que se proclamaba antiacadémico, progresista y social, no creía ni en la belleza única ni en lo sublime y su única fuente de inspiración sería su encuentro con la naturaleza.

jueves, agosto 05, 2021

De Wang Wei a Monet, veinte paisajes para pasear la mirada (XIII)

Jean-Baptiste Camille Corot, nació en París, el 16 de julio de 1796. Perteneciente a una familia de comerciantes, en su juventud se inició en el oficio de pañero. Fue uno de los más grandes pintores del paisaje, siendo una influencia muy importante para los impresionistas. Las pinturas de Corot en un principio parecían esbozos con poca importancia, se decía que su frescura era la coartada de una insuficiente destreza y de carencia de recursos técnicos. El poeta Charles Baudelaire dijo de él al respecto: «Existe una gran diferencia entre un cuadro hecho y un cuadro acabado… La mirada del público está tan acostumbrada a esas piezas brillantes, limpias e industriosamente bruñidas que a Corot siempre se le reprocha que no sabe pintar». En 1822 logró el permiso paterno y el apoyo financiero para iniciar sus estudios artísticos; ingresó inicialmente en el taller de Achille-Etna Michallon, que le aportó una enseñanza neoclásica y le animó a pintar al aire libre (au plain air). Unos meses más tarde, tras la muerte de Michallon, prosiguió su formación junto a Jean-Victor Bertin. En 1825 viajó a Roma, pasando tres años en la capital italiana, en ella entró en contacto con el círculo de Théodore Carnelle d’Aligny y con ellos practicó la pintura al aire libre en la ciudad. Volvió a Italia en dos ocasiones más, en 1834 y en 1843, tiempo en el que realizó bellas vistas de Venecia.
El viejo puente de Mantes (circa 1855). Óleo sobre loenzo. Museo Nacional de Bellas Artes de Cuba.
Una vez en Francia realizó numerosas excursiones durante los veranos para pintar. Los inviernos los dedicaba a trabajar en su taller y realizar sus obras de gran tamaño, que estaban destinadas a ser expuestas en el Salón de París. Además del paisaje, practicó también la figura humana, por lo que parte de su obra privada se centró en realizar retratos de amigos y familiares y escenas de género. Desde la década de 1830, su pintura elevó de forma importante su cotización, siendo su impulso definitivo en 1840, cuando «Le Petit Berger», fue adquirida por el Estado. En 1846 Baudelaire y Champfleury, hicieron alabanzas de su arte y muchos coleccionistas y galeristas, entre ellos a Paul Durand-Ruel, que comenzó a  interesarse por su obra. Alrededor de 1850 su pintura se centró en sus propias impresiones de la naturaleza y sus paisajes poéticos, a medio camino entre lo real y lo ideal, que fueron recibidas por público y crítica con gran entusiasmo, lo que provocó que Corot comenzase a repetir sus temas y que se fueran incontables las imitaciones de su obra. El éxito le llegó con la Exposición Universal de París de 1855, en la que obtuvo una medalla de primera clase, tras lo que Napoleón III adquirió uno de los seis cuadros expuestos para su colección particular. Tres años después, en una subasta en el Hotel Drouot, alcanzó importantes cotizaciones y, en el Salón de 1860, su «Danza de las Ninfas» obtuvo un éxito sin precedentes. Entre los años 1866 y 1870, en los que el pintor se vio obligado a permanecer en su estudio por motivos de salud, su ímpetu creador volvió a surgir con fuerza y realizó gran número de viajes para pintar al aire libre. Su influencia fue decisiva en los primeros pasos de Monet, Renoir y Berthe Morisot, así como en toda la obra de Camille Pissarro, aunque no vio con simpatía al impresionismo como grupo, debido a la «rebeldía antiinstitucional de sus jóvenes colegas». El Museo Thyssen Bornemisza de Madrid posee cuatro de sus magnificas obras. Murió en París el 22 de febrero de 1875.

miércoles, julio 28, 2021

De Wang Wei a Monet, veinte paisajes para pasear la mirada (XI)

En él se muestra una vista de Madrid desde la ermita de San Isidro, el día de la romería.
Goya aprovecha para mostrar una vista de Madrid al otro lado del Manzanares, en uno de los pocos motivos de paisaje salidos de la mano del artista. En él se aprecian en la lejanía la gran cúpula de la San Francisco el Grande y la mole del entonces nuevo Palacio Real. En primer término un grupo muy dinámico de figuras de conversan animadamente y tras ellos, y a la orilla, en el plano intermedio, se ve la algarabía de la muchedumbre más y más diminuta perdiéndose a la izquierda en la orilla del río.
Este boceto para un cartón pertenece a una serie para la decoración del Palacio de El Pardo cuyos temas iban a ser los ambientes campestres y las diversiones al aire libre.
El cuadro presenta en muy pequeñas dimensiones una gran sensación de espacio, pues en él aparece una gran masa de gente, que corresponde a la algarabía del día festivo. Este carácter se ve acentuado por la gama de tonos blancos, rosados, verdes y azules, salpicado aquí y allá por alguna pincelada roja para dar variedad en los vestidos de algunas de las pequeñas figuras. En este cuadro utiliza Goya una imprimación de gama fría. Todo ello hacía que la obra de su primera época adoptara tonos muy calientes, tostados. Aquí el resultado es que predominan los oros venecianos, perlas, grises y rosados. Sin embar
go la zona intermedia está resuelta en tonos oscuros, lo que centra la mirada en profundidad dejando a los personajes del primer plano como un marco.
La pradera de San Isidro (1788). Óleo sobre lienzo sin forrar. Museo Nacional del Prado, Madrid, España

Toda la topografía es realista, los efectos necesarios para que el arte embellezca la naturaleza, como dictaban las poéticas del Neoclasicismo. Asimismo, organiza a su gusto la iluminación, dejando estas cuatro figuras en sombra, para que el contraste de tonos sea mayor.
En cuanto a la composición, el cuadro carece de una clara unidad. Parece optar por la dispersión de los puntos de atención, y en esto Goya sí que está obviando las normas preceptivas de las unidades neoaristotélicas. Solo se acota la posible huida de la atención a los márgenes del cuadro mediante la posición de las figuras del primer plano puesto que las figuras de los extremos encierran formando a modo de paréntesis a las más centrales.

martes, julio 27, 2021

De Wang Wei a Monet, veinte paisajes para pasear la mirada (X)

Joseph Mallord William Turner es uno de los mejores paisajistas de la historia. De hecho, es responsable de que el paisaje sea considerado hoy en día un genero mayor. Tanto en óleo como en acuarela fue un incontestable maestro que además se adelantó medio siglo al impresionismo, pues es considerado como «el pintor de la luz».
Con un padre fabricante de pelucas y madre ama de casa, no lo tuvo fácil para abrirse un hueco en el elitista mundo del arte en la Inglaterra de la época. Muy bajito y con un marcado acento cockney no fue un gran artista en cuanto a relaciones sociales. Además no brillaba precisamente por su estabilidad mental, pero con 14 años consiguió un plaza en la Royal Academy of Art y tuvo la suerte de viajar por todo el mundo, aprendiendo de los grandes maestros.
Misántropo, Turner se convirtió con el tiempo en un viejo excéntrico. Solo le interesaba la pintura. Con muy pocos amigos (al que menos soportaba era a su colega y rival Constable), apenas se conocen relaciones aparte de un par de viudas pero aún así, fue un pintor extraordinariamente popular por su audacia y talento y un experimentador que llevó al óleo técnicas propias de la acuarela, y se acercó al impresionismo e incluso al arte abstracto, pudiéndose ver sus huellas en pintores como Rothko o Kandinsky. Abajo, su obra Tormenta de nieve: Aníbal y su ejército cruzan Los Alpes.

lunes, julio 26, 2021

De Wang Wei a Monet, veinte paisajes para pasear la mirada (IX)

Michel-Ange Houasse (París, 1680-Arpajon, 1730). Pintor francés. Hijo del pintor y seguidor de Charles Le Brun, René-Antoine Houasse, estudió el oficio junto a su padre, a quien acompañó en su viaje a Italia, donde permanecieron entre 1699 y 1704. En 1706 ingresó en la Academia Real de Pintura y de Escultura de París para completar su formación y fue aceptado como miembro de la misma al año siguiente. En 1710 fue nombrado peintre ordinaire du roi. El marqués de Aubigny, se­cretario de la princesa Orsini, camarera mayor de María Luisa Gabriela de Saboya, primera esposa de Felipe V, propició, seguramente, los primeros contactos de Houasse con la corte española. La nueva dinastía buscó, después de la Guerra de Sucesión, nuevos retratistas, ya que a la primera esposa del rey no le gustaban los pintores españoles, a los que consideraba de poca calidad. Houasse fue recomendado por el conde Jean Orry, ministro del rey, que le contrató en 1715. El pintor realizó efigies de varios miembros de la Casa Real, entre ellos en 1717 la de Luis de Borbón, el futuro Luis I de España, que solo ocuparía el trono durante siete meses. Houasse combinó los elementos del retrato cortesano de la pintura española del siglo XVII con detalles y adornos decorativos, propios de la retratística francesa del final del reinado de Luis XIV. El concepto elegido resultaba un tanto anticuado, por lo que no debió de agradar mucho al rey, que buscó pronto a otros retratistas, Jean Ranc entre ellos. Houasse se dedicó entonces a otros géneros, creando alguna composición religiosa, como la secuencia sobre san Francisco Regis, que guarda el Museo del Prado. Pero los mayores logros artísticos los consiguió en la pintura de paisaje y las escenas de género, donde analizó, de forma inventada u observada, la vida cortesana o popular. En estos cuadros de formato menor combina elementos elegantes procedentes de las fiestas galantes con un cierto sentido del realismo, que arranca de la pintura de género holandesa. Realizó varios cuadros con asuntos infantiles, algunos de los cuales revelan una moraleja, como Niños jugando al paso (h. 1725, Patrimonio Nacional). El gusto por lo cotidiano precede al costumbrismo que desarrollarán los artistas españoles a partir de mediados del siglo XVIII, sobre todo los pintores de cartones para la Fábrica de Tapices de Santa Bárbara, como, por ejemplo, Antonio González Ruiz o Antonio González Velázquez, y también Francisco de Goya. Gracias a la formación fran­cesa de la que disfrutó, Houasse desarrolló un sentido realista más refinado que el de los pintores de los Países Bajos. Se inspiró en la obra de Jean-Antoine Watteau y Jean-François de Troy para las poses y expresiones gráciles y elegantes, características que se aprecian, por ejemplo, en la Academia de dibujo (h. 1725, Palacio Real, Madrid), donde Houasse aprovechó seguramente sus experiencias de París, ya que la Academia de San Fernando no se inauguró hasta más de veinticinco años después. Houasse entregó además los cartones para dos series de tapices sobre la historia de Telémaco. 
Es destacable la excepcional Vista del monasterio de San Lorenzo de El Escorial con monje (arriba), que formaba parte de una serie de panoramas de los reales sitios, y donde Houasse logró captar con pinceladas abocetadas y toques breves la atmósfera y la vibración de la luz. En el bienio de 1719 y 1720 ejecuta una pareja de asuntos báquicos, en los que se hace notar su formación francesa, que rememora el clasicismo de ­Nicolas Poussin, así como sus recuerdos italianos, evocadores de ­Tiziano y sus composiciones inspiradas en Ovidio.

domingo, julio 25, 2021

De Wang Wei a Monet, veinte paisajes para pasear la mirada (VIII)

Vista de Delft (Gezicht op Delft) es una obra del pintor holandés Johannes Vermeer. Está realizado en óleo sobre lienzo. Se calcula que fue pintado hacia 1660-1661. Mide 96,5 cm de alto y 115,7 cm de ancho. Se conserva en el Mauritshuis de La Haya, Países Bajos.
Vermeer ejecutó su Vista de Delft en el lugar, pero el instrumento óptico que apuntaba a la ciudad y que proporcionaba al artista el aspecto trasladado al lienzo, que se admira actualmente por su concisión y especial estructura, no era una cámara oscura, sino el telescopio invertido. Solo este último condensa la vista panorámica de un sector determinado, disminuye las figuras del primer plano a una dimensión inferior a la normal, enfatiza el primer plano tal como puede verse en el cuadro y, de la misma manera, hace que el resto de la composición retroceda en el espacio. La imagen así obtenida proporciona efectos ópticos que, sin ser únicos en la pintura holandesa del siglo XVII, como a menudo se ha dicho, transmite un paisaje urbano que está unido en la composición y está envuelto atmosféricamente en una luz brillante.
La ciudad que se puede admirar en este cuadro no es un perfil de un municipio, sino una representación idealizada de Delft, con sus características principales simplificadas y luego encajadas en el marco de una bahía.
Domina el cuadro el cielo rico, lleno de formaciones nubosas avecinándose sobre la ciudad. Se representa una hilera del puerto de Delft, con casas de ladrillo rojo en su mayoría. Detrás de ella puede verse la ciudad y algunas torres. Los muros se reflejan en el agua.
La Vista de Delft es cronológicamente la última pintura de Vermeer ejecutada en una pigmentación rica y plena, con acentos de color puestos con un pincel cargado. El artista se superó a sí mismo con esta representación de su ciudad natal, que permanece como una interpretación verdaderamente grande de la naturaleza.

sábado, julio 24, 2021

De Wang Wei a Monet, veinte paisajes para pasear la mirada (VII)

Diego Rodríguez de Silva y Velázquez (Sevilla, 1599 - Madrid, 1660), adoptó el apellido de su madre, según uso frecuente en Andalucía, firmando "Diego Velázquez" o "Diego de Silva Velázquez". Estudió y practicó el arte de la pintura en su ciudad natal hasta cumplir los veinticuatro años, cuando se trasladó con su familia a Madrid y entró a servir al rey desde entonces hasta su muerte en 1660. Gran parte de su obra iba destinada a las colecciones reales y pasó luego al Prado, donde se conserva. La mayoría de los cuadros pintados en Sevilla, en cambio, ha ido a parar a colecciones extranjeras, sobre todo a partir del siglo XIX. A pesar del creciente número de documentos que tenemos relacionados con la vida y obra del pintor, dependemos para muchos datos de sus primeros biógrafos. Francisco Pacheco, maestro y después suegro de Velázquez, en un tratado terminado en 1638 y publicado en 1649, da importantes fragmentos de información acerca de su aprendizaje, sus primeros años en la corte y su primer viaje a Italia, con muchos detalles personales.
Obra maestra de la historia del paisaje occidental en la que Velázquez plasmó su idea del paisaje sin una excusa narrativa que lo justifique. Esta vista romana y su compañera (P01211), son dos de los cuadros más singulares de Velázquez. Ambos tienen como tema una combinación de arquitectura, vegetación, escultura y personajes vivos que se integran de manera natural en un ámbito ajardinado. La luz y el aire, como repiten incasablemente los críticos, son también protagonistas de estos cuadros. También se ha insistido secularmente en la voluntad que parece latir en ellos de plasmar un momento concreto, es decir, de describir unas circunstancias atmosféricas determinadas, lo que ha llevado a la teoría de que nos encontramos ante una representación de la "tarde" y el "mediodía", anticipando lo que haría Monet más de dos siglos más tarde con sus famosas series de la Catedral de Rouen. Como motivo común a los dos cuadros, Velázquez utiliza una serliana o estructura arquitectónica que resulta de la combinación de un hueco en el centro culminado por un arco de medio punto, flanqueado a ambos lados por sendos huecos adintelados. En un caso se trata de una serliana cerrada, que actúa como un muro opaco.
Son cuadros que representan de manera fiel otros tantos rincones de la Villa Médicis, uno de los palacios más importantes de Roma. En ellos aparentemente no existe un tema identificable, pues los personajes que los pueblan vagan por el jardín sin interpretar una historia concreta. En un caso, lo que se ha supuesto una lavandera parece extender una sábana sobre la balaustrada, mientras dos hombres abajo conversan quizá sobre la arquitectura que contemplan. A su lado un busto clásico (probablemente un hermes) asoma entre el seto, y en la pared una hornacina con una escultura que nos recuerda el prestigio del lugar como depositario de una espléndida colección de estatuaria antigua.
Dos son los factores que singularizan estas obras en relación al contexto de la pintura de su tiempo, además de su altísima calidad. En primer lugar, la ausencia de tema. En el siglo XVII el paisaje se convirtió en un género pictórico de relativa importancia, sin embargo, muy rara vez la representación de la Naturaleza en un lienzo, se justificaba por sí misma, pues en general debía estar acompañada de una "historia" mitológica, sagrada etc. que justificara el cuadro. El paisaje en sí mismo no se consideraba un tema digno de ser representado a no ser que estuviera arropado por una excusa narrativa o fuera una vista urbana o monumental. Velázquez, por tanto, transmite una visión más directa de la naturaleza. A ello contribuye el segundo de los factores que otorgan a estas vistas un estatus pictórico singular: aunque se sabe de artistas como Claudio de Lorena, que salían al campo a tomar apuntes directos del paisaje en sus cuadernos, son rarísimos los casos en los que el pintor se plantaba con sus útiles de pintar delante del motivo y atacaba directamente el lienzo, como hizo el pintor sevillano en estos dos casos. También resulta muy singular en estas obras el tipo de impresión que se trata de transmisor de la naturaleza: no es una visión inmutable e intemporal de un fragmento de jardín, sino que parece existir la voluntad de reflejar la experiencia de un momento.
Es muy poco lo que se conoce sobre estas obras. El primer problema que se plantea es el de su propia naturaleza o función como pintura. Se ha pensado que se trataban de sendos bocetos que haría el pintor con vistas a poder utilizarlos en composiciones más extensas, pero actualmente se tiende a pensar que se trata de cuadros acabados y justificables en sí mismos. Existen discrepancias en lo que se refiere a las fechas de su ejecución. Está claro que fueron realizados durante uno de sus dos viajes a Roma, y a partir de esta premisa se han barajado las distintas posibilidades.
Los datos que hablan de una datación temprana son los más consistentes, y se basan en consideraciones estilísticas y documentales. Desde un punto de vista técnico, hay que señalar que las obras están pintadas sobre una preparación marrón, similar a la que Velázquez utilizó en su primer viaje a Italia, y que no volvería a usar desde su vuelta a Madrid en 1631. Estilísticamente, estas obras son coherentes con el paisaje que aparece en La túnica de José, que realizó en este viaje (Monasterio del Escorial), o con el fondo de la Tentación de Santo Tomás de Aquino (Orihuela, Museo Diocesano) y, como demostró Milicua, también tiene relación con paisajes próximos a Agostino Tassi. Los apoyos técnicos se basan en la noticia de que durante el primer viaje Velázquez habitó durante dos meses en la Villa Medici, y en un documento de 1634 por el que el protonotario Jerónimo de Villanueva adquirió del pintor para Felipe IV cuatro paisillos. Los defensores de la hipótesis del segundo viaje se apoyan en los caracteres estilísticos de estos lienzos, concretamente estos se basan en lo avanzado de su estilo y en el hecho de que en esa época la gruta a la que da acceso la serliana estaba en obras.
En cualquier caso, se trata de dos obras maestras de la historia del paisaje occidental, que anticipan algunas fórmulas pictóricas del siglo XIX, si bien su valor no ha de hallar se tanto en ese carácter precursor cuanto en su propia calidad como obras de arte en las que su autor ha sabido expresar de una manera original y personalísima su concepción del paisaje. 

viernes, julio 23, 2021

De Wang Wei a Monet, veinte paisajes para pasear la mirada (VI)

Noicolas Poussin (Les Andelys, Normandía, 1594 - Roma, 1665), es el pintor más importante del siglo XVII francés y el maestro fundamental del clasicismo. Se formó en su región de nacimiento con un autor tardo-manierista y más tarde en París. Gracias a la amistad que le unía con el poeta Giambattista Marino viajó a la península Itálica y se introdujo en los medios romanos intelectuales más avanzados, conociendo al tiempo a los mecenas y protectores de las artes en la Ciudad Eterna, donde se estableció. El éxito de Poussin radica en el rechazo del caravaggismo, que comenzaba a pasar de moda, y en la adopción de los grandes ejemplos del Renacimiento, modernizados en un sentido clasicista barroco templado. Admirador de Giulio Romano, y sobre todo de Rafael, se dedicó a un clasicismo puro influido por Domenichino y por otros pintores de espíritu similar; así pronto poseyó una expresión artística personal, nacida del conocimiento de la antigüedad clásica -estudió textos, esculturas, bajorrelieves y restos arquitectónicos-, y de la profunda observación de la naturaleza. Su estiló se fue rodeando de un aura erudita de origen grecolatino y sus escenas comenzaron a aparecer compuestas con mesura y equilibrio. Hacia 1630 la influencia veneciana que alcanza a los autores del ámbito romano, enriqueció la intelectualizada estética del pintor revitalizando sus experiencias por medio del color. A lo largo de su vida ejecutó tanto escenas alegóricas, mitológicas o históricas, destinadas a una clientela escogida y culta formada por gentes letradas, como pinturas religiosas, dotadas de solemne monumentalidad, aunque a menudo frías. Aparte de estos temas se dedicó ampliamente al paisaje, unas veces como fondo de sus composiciones, y otras en calidad de verdadero protagonista; sus panoramas, bellísimos, son de una construcción lógica admirable, serenos o tempestuosos, pero con un aire de consciente intemporalidad. Poussin es el prototipo del artista filósofo, preocupado por la expresión de su arte, al que dotó de un sobrio contenido moral. Cada una de sus obras simboliza una acción humana que transmite un mensaje de notable hondura espiritual. Sus ideas se independizan del azar y sus composiciones se muestran pensadas hasta en los menores detalles. Vivió siempre en Roma, salvo un breve intermedio en París, entre 1640 y 1642. El Museo del Prado posee un conjunto de obras maestras de su mano de gran importancia y también algunas de ciertos colaboradores, seguidores e imitadores bien identificados
Paisaje con edificios (1648-1651). Óleo sobre lienzo. Museo Nacional del Prado. Madrid, España
Vista de un valle surcado por un río, en cuyas orillas se sitúan varios edificios, enmarcados por árboles y montañas en el horizonte. En primer plano aparecen tres personas sentadas y dos acompañadas de caballos. Podría tratarse de la representación del viaje a Atenas del filósofo cínico Diógenes de Sinope (siglo IV a. C), ejemplo clásico de honestidad y rebeldía hacia lo artificial de la civilización. Como muestra de renuncia hacia cualquier lujo, se le suele representar con una tosca capa como única vestimenta. Se conserva un grabado de esta obra realizado por Chtillon. Este cuadro se cita en el inventario de 1746 de la colección del rey Felipe V en el Palacio de La Granja de San Ildefonso.