jueves, junio 25, 2015

Relato: La cabeza delatora

La cabeza delatora

Vivía en el siglo XVI, en la calle de Madrid conocida hoy con el nombre de calle de la Cabeza, un caballero muy rico. Tenía a su servicio un antiguo criado que envidiaba las riquezas de su señor.
Poco a poco, la envidia del criado creció y creció, hasta el punto de hacerle pensar en el asesinato. Como la casa del caballero estaba apartada y él era el único servidor, el crimen se le presentó fácil.
Una noche, mientras el señor dormía, le cortó la cabeza de un solo tajo y, después de robarle todo cuanto pudo cargar, huyó de la casa. La justicia no pudo averiguar nada de aquel asesinato y, aunque persiguió durante algún tiempo al mal criado, no consiguió dar con su paradero.
Pasaron los años. El asesino tuvo necesidad de ir a Madrid y, pensando que todo se habría olvidado, realizó el viaje. En uno de sus paseos por la ciudad, se le ocurrió comprar una cabeza de cordero en el mercado y la guardó en una bolsa. Pero la bolsa iba chorreando sangre y, cuando un alguacil quiso saber qué llevaba en ella, él dijo que una cabeza de cordero que acababa de comprar. Al abrir la bolsa para enseñar su contenido, se encontró con la cabeza de su antiguo señor asesinado. El asesino fue detenido.
En memoria de aquellos hechos se llamó calle de la Cabeza al lugar donde se cometió el crimen.
Vicente García de Diego
Antología de leyendas (1953)
Vicente García de Diego (Vinuesa, 2 de diciembre de 1878 - Madrid, 1978) fue un filólogo, lexicógrafo, folclorista y crítico literario español.
Nació en Vinuesa, Soria, en 1878, hijo de Juan José García de Leániz, militar isabelino que fue gobernador militar de la provincia de Soria y participó en las guerras carlistas.
Su padre, harto de sus continuas travesuras infantiles y su desinterés por los estudios, le envía a ganarse la vida a Argentina con tan sólo 12 años de edad junto con su hermano 2 años mayor. En Argentina, consigue ahorrar para el pasaje de vuelta. Ya en España se centró en los estudios, cursó brillantemente en Soria estudios de bachillerato y se licenció en Filosofía y Letras en la Universidad de Zaragoza.
En 1903, con tan solo 25 años de edad, obtuvo por oposición la cátedra de latín y castellano del Instituto de Pontevedra. Dos años más tarde, se trasladó a Soria, para ejercer también la cátedra de latín en su Instituto de Enseñanza Media, y donde a partir de 1907 hizo amistad con el nuevo profesor de Lengua Francesa, Antonio Machado.
En 1916 se trasladó a Zaragoza, donde trabajaría los dos cursos siguientes. En 1919, se traslada como Catedrático al Instituto Cardenal Cisneros de Madrid, del que sería director durante varios años. Fue elegido académico de la Real Academia Española en 1926 y después fue bibliotecario perpetuo de la misma. Desempeñó como profesor agregado de la Universidad algunos cursos de latín y de Dialectología española.
Trabajó en el Centro de Estudios Históricos y en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Dirigió la Revista de Filología Española y fundó y dirigió la Revista de Dialectología y Tradiciones Populares. La mayoría de sus trabajos están publicados en estas revistas y en el Boletín de la Real Academia Española, en el cual mantuvo una sección, Notas etimológicas, entre 1931 y 1963. En 1930 fue nombrado consejero de Instrucción Pública. Posee las Palmas académicas de Francia, la placa de la Encomienda de Alfonso X el Sabio y otras varias y fue correspondiente de las Academias Portuguesa, Gallega y varias americanas. Tradujo y anotó la Inflexión de las vocales en español de Max Krepinsky para el CSIC en 1962.
Como filólogo se consagró principalmente a la etimología, la dialectología, la historia y la morfología de la lengua española e investigó las voces naturales y onomatopéyicas de la misma. Como folclorista se interesó sobre todo por la leyenda y publicó un denso estudio sobre la misma como introducción a su monumental Antología de leyendas. Se preocupó por la didáctica de la lengua y la literatura del español y el latín, elaborando libros de textos y ejercicios para ambas. Realizó ediciones de autores clásicos como Íñigo López de Mendoza, Diego de Saavedra Fajardo, Fernando de Herrera y Juan de Ávila. También cultivó la literatura de creación como desahogo a estas labores en el campo de la lírica.
Se jubiló en 1948, pero continuó investigando y publicando estudios y libros hasta muy pocos años antes de fallecer, en 1978, a los 100 años de edad. Así, terminó el colosal Diccionario de Voces Naturales a los 90 años, y su último libro de poesía, Cosas que olvidó el olvido, a los 98 años.

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