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lunes, junio 22, 2026
sábado, octubre 02, 2021
De Van der Weyden a Giacometti, veinte retratos que cambiaron el rostro de la pintura (VIII)
El caballero de la mano en el pecho, pintado por El Greco hacia 1580, óleo sobre lienzo, 81,8 x 65,8 cm, conservado en el Museo del Prado de Madrid. En este retrato, El Greco no solo muestra la fisionomía del hombre, sino que captura la esencia de su posición y sus ideales. Representa al caballero cristiano, según el planteamiento conceptual de la retratística de los Austrias españoles. El pintor, ingeniosamente, ha introducido un elemento narrativo. El personaje -como ha demostrado Márquez Villanueva- se representa en el momento de hacer un voto. El gesto de llevarse la mano derecha al lado izquierdo del pecho -al corazón- indica no solo pío respeto, sino también una declaración de intenciones que ha de ser mantenida como cuestión de honor. La inclusión de la espada proclama el compromiso de este caballero. La espada desenvainada significaba prestar juramento o hacer voto solemne de combatir para defender la palabra de Dios. Si bien no conocemos su identidad, su nobleza salta a la vista. Las cejas enarcadas y la mirada imperturbable denotan altivez. Su superioridad social se refleja también en el refinamiento de sus rasgos. Los dedos delgados y sinuosos de la mano elegantemente extendida -como las de los caballeros asombrados ante el milagroso enterramiento del conde de Orgaz- significan que está muy lejos de ser alguien excluido de las órdenes militares por sustentarse «por el trabajo de sus manos» o desempeñar «oficios mecánicos».
Su aspecto es inmaculado y el traje es la personificación de la elegancia. Su rico atuendo, su cadena y colgante de oro, el pomo finamente labrado y dorado de su espada, dan fe de su riqueza y superioridad social. Sin embargo, su elitismo está templado por la virtud. Su mente está puesta en cosas más altas. Aunque su ojo derecho nos mire fijamente, más que detenerse en nosotros nos atraviesa. Se lleva la mano reverentemente al corazón, se nos muestra erguido y cara a cara, y mira sin pestañear. Para este noble caballero cristiano, su fortaleza es en última instancia la expresión de su entrega a Dios. Esa idea de entrega está realzada por el hecho de que el otro ojo, de párpado caído, mire hacia abajo, indicando que el caballero medita sobre la gravedad de su empresa. En ello se revela su prudencia. La misma impresión refuerzan no solo la «frente despejada», sino también el gesto serio y el ademán deliberado. Es inconcebible que este hombre actúe impetuosamente. La templanza es un rasgo destacado de su persona. Su aspecto es ascético; su complexión, pálida. Tiene las mejillas descarnadas y los dedos flacos. Tampoco se adorna con galas vistosas y el decorado es parco, sin ninguno de los accesorios convencionales, cortinas, mesas cubiertas de terciopelo, arquitectura clásica, que indican riqueza y rango. Paradójicamente, es su misma ausencia lo que proclama la renuncia del caballero a las vanidades, su valía moral. Su autodisciplina se evidencia también en su actitud. Ni se relaja ni se pavonea, ni adopta una postura lánguida ni un aire desenvuelto. En lugar de eso, este hombre está impasible y distante. No dialoga. Sus gestos son rituales, no son los de la vida cotidiana. Al pintar este retrato, el Greco no solo ha seguido las fórmulas del decoro caballeresco, sino que también ha revelado la esencia de su ritual a través de su manejo de la pintura. El estilo complementa el contenido.
miércoles, julio 21, 2021
De Wang Wei a Monet, veinte paisajes para pasear la mirada (IV)
Esta Vista de Toledo es uno de los dos cuadros que, con el mismo título y tema, pintó El Greco (Domenikos Theotokopoulos, 1541-1614). Se trata de un cuadro al óleo sobre tela de 121 centímetros de alto y x 106 cm de ancho realizado entre los años 1598 y 1599. Se conserva en el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York, Estados Unidos, donde se exhibe con el título View of Toledo y a veces llamado Toledo in a Storm (Toledo en una tormenta).
Pintado en un estilo manierista, o incluso barroco, el cuadro representa la ciudad de Toledo. Adopta un punto de vista bajo. No obstante, la obra se toma algunas libertades en relación con la verdadera disposición de Toledo. Algunos edificios están representados en posiciones diferentes a las de su verdadera ubicación, pero fielmente representa el castillo de San Servando a la izquierda. Por debajo de él, están representados otros edificios, quizá inventados por el pintor. A la derecha se ve el Alcázar y la catedral con su campanario; en el centro se ve el corte del Tajo, atravesando el puente de Alcántara. Los monumentos están iluminados por una luz fantasmagórica que retrata sus perfiles nítidamente.
Es uno de los dos paisajes que quedan pintados por El Greco. El otro, titulado Vista y Plano de Toledo, se conserva en el Museo del Greco de Toledo (España). No obstante, este es el único de los dos que plasma la ciudad en «una pura representación paisajística». Es uno de los primeros paisajes de la historia de la pintura, ya que no era un género que, por sí mismo, se cultivara en el Renacimiento o el Manierismo. Se desconoce lo que el pintor pretendía con este cuadro.1 Junto a La noche estrellada de Vincent van Gogh y algunos paisajes de Joseph Turner, se encuentra entre las mejores representaciones del cielo en el arte occidental, y presenta fuertes contrastes de color entre el cielo y las colinas que quedan debajo de él. El cielo, muy amplio, se pinta a grandes manchas, unas azules, otras representando nubes, con una gran abstracción.
Fue un cuadro admirado por los pintores expresionistas y surrealistas. La firma del Greco aparece en la esquina inferior derecha.
sábado, mayo 04, 2019
miércoles, marzo 27, 2019
Libros: El Greco
El Greco
Traducción de Marta Piñol Lloret
Sans Soleil
Vitoria-Gazteiz
2019
172 págs.
El genio del cine soviético nos regala una aguda reflexión teórico-estética sobre la obra del Greco.
Para Sergei Eisenstein (uno de los directores de cine más importantes del siglo XX), el Greco era un pintor con una mirada cinematográfica, un auténtico “cineasta español” fuera de tiempo. Eisenstein admiró a lo largo de toda su vida la obra del pintor cretense, dejando buena huella de ello en sus filmes y en sus escritos. Su bagaje como director de cine le lleva a analizar estas creaciones de una forma sumamente original y alejada por completo de los habituales estudios dedicados al Greco. El espacio, el color, el dinamismo, el montaje, la perspectiva, el pathos y el éxtasis… son sólo algunos de los temas que atraviesan estos escritos inclasificables en los que los cuadros se mezclan con los fotogramas en un lúcido ejercicio de reflexión teórico-estética.
Sergei Eisenstein (1898-1948) ocupa, sin lugar a dudas, un lugar muy destacado dentro de la historia del cine, no sólo por la indudable calidad de su filmografía, sino también por la trascendencia que han tenido sus textos sobre estética y teoría cinematográfica. En ambos campos el realizador nos ha legado materiales de gran importancia y cuya influencia es altamente verificable (sobre todo en lo referido a su uso del ritmo y del montaje).
sábado, noviembre 22, 2014
sábado, septiembre 06, 2014
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