Entre conspiraciones y cerveza
Círculo rojo
2025
266 págs.
Corría el año 1158. Federico I, Barbarroja, seis años antes había sido proclamado rey de los germanos en la ciudad de Aquisgrán. Muere el papa Adriano IV y, en el cónclave cardenalicio para elegir un sucesor, una mayoría de los cardenales designa a Ronaldo Bandinelli, quien toma el nombre de Alejandro III, reconocido como papa legítimo por la casi totalidad de los reinos cristianos europeos e ibéricos. Una minoría de cardenales progermánicos se inclina por Ottaviano de Monticello como vicario de Pedro, con el nombre de Víctor IV. Federico I, Barbarroja, ve en esta división de los cardenales la ocasión de hacerse con el poder político y eclesiástico, apoyando al minoritario Víctor IV, por quien se hace proclamar emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. Barbarroja pretende la hegemonía del imperio, incorporando a él las prósperas ciudades estado del norte de Italia; veintiséis de ellas comienzan a coaligarse en busca de la firma de una alianza que, bajo el nombre de Liga Lombarda, pretende oponerse a dicha expansión. Entretanto, una cincuentena de nobles, temerosos de perder sus privilegios, se conjuran con el fin de eliminar al emperador. Simultáneamente, ciertas autoridades eclesiásticas afines a los conjurados intentan acabar con Hildegarda, la abadesa del monasterio de San Rupert, localizado en Bingen, perteneciente al arzobispado de Maguncia. Hildegarda es firme partidaria de Barbarroja y está alterando los principios de la orden de San Benito con una percepción revolucionaria, eclesiástica y humanística, que le es transmitida por visiones celestiales. Ambas confabulaciones se entrelazan. Los hilos que las vinculan son los personajes principales de esta trama: una monja muy especial, Hildegarda; un monje, aparentemente muy cándido, Póstumo; y una espía, muy bella e inteligente, Isabella. Los tres transitan por diferentes caminos y circunstancias personales, acompañados de personajes secundarios, pero no menos importantes: un monje muy siniestro, Kuno; un mendigo lisiado, Tomasone, que tiene su historia; un par de desenfadados caballeros templarios y un conde conspirador. Todos acaban relacionándose, por culpa de la cerveza, en una intriga en la que están presentes el amor, la pasión, la traición, la intriga y la aventura.
Fernando Barragán Muñoz. Nací hace mucho, pero todavía me acuerdo. Fue en 1941, en Madrid, que, a pesar de las adversidades, continuaba siendo un centro neurálgico de la política y la cultura española, comenzando a establecer las bases para un futuro más próspero. El año en que llegué, Madrid era una ciudad herida pero resiliente, en un complicado cruce entre el pasado sangriento de la guerra y un futuro incierto en el contexto europeo. Con 5 años decidí emigrar a Argentina, acompañado de mi padre Fernando, mi madre Josefina y mi pequeña hermana María Esther. En Buenos Aires, algunos años después, ingresé en la Facultad de Medicina y, como las buenas costumbres mandan, a los 23 años me gradué de médico. Antes de comenzar el colegio ya sabía leer; mi madre me enseñó y me sumergió en el mágico mundo de la lectura. Primero fueron unos pequeños libritos ilustrados del ratón Mickey, el pato Donald y compañía. Después llegaron Emilio Salgari, Julio Verne, Alejandro Dumas, Víctor Hugo… y una hermosa biblioteca con los clásicos de la literatura universal, que comencé a devorar con 13 años. A los 15 años arribaron a mi playa las naves de los aqueos, varando en Troya con Homero: La Ilíada, La Odisea… A los 17, los clásicos de la literatura griega: Sófocles, Eurípides, Aristófanes… y, con Heródoto, se despertó mi interés por la historia. A los 36 años regresé a mi querida España, que mi madre Josefina se encargó de coser a mi corazón y traje conmigo a Mabel y a mis tres maravillosos hijos: Fernanda, Stella y Gustavo, utilizando el genérico y por orden de aparición en el escenario del mundo. En Argentina, mi segunda patria, quedaron mis queridas hermanas: María Esther y Aurora. También Josefina. Mi padre había fallecido poco antes. En Madrid ejercí mi profesión con la especialidad de cirugía plástica y, ya en la madurez, cogí la pluma y comencé a vomitar letras. Estos son los títulos: El atentado que no cambió al mundo (ganadora del premio de la Sociedad Española de Médicos Escritores). El boom de la cirugía plástica; La belleza del rostro; Los manuscritos de Massoura; Guillermo de Bosses; Yo, José, padre de Dios; La ciudad entre las nubes; Conspiración y muerte en el Vaticano; Sertanejos; 11 de septiembre, el advenimiento del anticristo; Cid Campeador, señor de la guerra (finalista en el concurso literario de la ciudad de valladolid); Perverso instintivo.
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