jueves, mayo 14, 2026

Libros: Okinawa, el viento habla

Okinawa, el viento habla

Susumu Higa
Reservoir Books
2026
320 págs.
En abril de 1945 el destino de Japón estaba prácticamente decidido: las continuas derrotas en el Pacífico y la aniquilación de la flota naval llevaron la lucha a su propio territorio. El primer día del mes, tropas estadounidenses desembarcaban en Okinawa, un archipiélago compuesto por varias islas y situado a unos 500 kilómetros al sur del Japón continental, sin apenas resistencia. Pero a partir de ese momento comenzó una de las batallas más atroces del teatro del Pacífico. Las tropas niponas se atrincheraron en el interior de las islas y ofrecieron una feroz resistencia. En los dos meses que duraron los combates, los estadounidenses tuvieron 12.500 muertos y casi 50.000 heridos, mientras que las bajas niponas alcanzaron los 100.000. Pero lo verdaderamente atroz de esta lucha es que, de los 450.000 civiles que habitaban lo las islas, unos 100.000 murieron a manos de uno y otro ejército.
Lo relevante en Okinawa, el viento habla no es solo ese marco, sino cómo Higa lo transforma en relato secuencial. Sus historias no avanzan por grandes hitos bélicos, sino por escenas pequeñas: refugios improvisados, colas para conseguir comida, miradas que delatan miedo, silencios que pesan más que cualquier discurso. La guerra aparece como un ruido de fondo constante, y el cómic convierte esa amenaza en algo tangible mediante la repetición de situaciones, la acumulación de gestos y la sensación de que el peligro puede irrumpir en cualquier viñeta.
Susumu Higa, conocido mangaka nacido en Okinawa, centra su obra no en los hechos bélicos en sí, sino en las consecuencias que estos tuvieron para la población civil. Especialmente dura resulta su mirada hacia las propias tropas japonesas, que cometieron todo tipo de tropelías contra los habitantes de las islas,con un comportamiento más propio de un ejército de ocupación que de fuerzas empeñadas en su defensa. Para entender este contexto, conviene recordar que las islas fueron, hasta bien avanzado el siglo XIX, el reino independiente de Ryūkyū, con relaciones tributarias tanto con China como con Japón. En 1879, durante la Restauración Meiji, se puso fin a esa independencia y el territorio se convirtió en la prefectura de Okinawa, aunque sus habitantes continuaron siendo tratados, en muchos sentidos, como ciudadanos de segunda.
Okinawa, el viento habla se compone de siete relatos, cuya duración oscila entre las 40 y las 80 páginas. Cada historia es independiente y, salvo la primera, tiene como eje la relación entre la población civil y el ejército japonés. Esa estructura fragmentaria resulta clave: Higa no busca una gran narración cerrada, sino un mosaico de experiencias que se responden entre sí. La lectura, por tanto, se construye por eco: una escena cotidiana en un relato cobra otro sentido cuando, páginas después, se repite la misma necesidad, comer, esconderse u obedecer, bajo una amenaza distinta.
El primer relato, que da nombre al álbum, El viento habla, es el único en el que se presenta de forma directa a las tropas de ocupación estadounidenses como una gran amenaza para la población. Tres soldados destacados en una base de la isla se dedican a violar a mujeres y niñas ante la inacción tanto de las fuerzas de seguridad japonesas como de las autoridades militares estadounidenses. Solo la intervención de un antiguo oficial japonés logra poner fin a la situación. Es una historia dura, amarga y sin final feliz. Y, sobre todo, es una declaración de intenciones: aquí no hay heroicidad posible, solo supervivencia, y cualquier gesto salvador llega tarde o deja un regusto moral incómodo.
Por sus páginas desfilan campesinos, soldados con estrés postraumático, profesores, policías, militares rebeldes, madres e hijos. Todos ellos deben enfrentarse a un enemigo externo, omnipresente e invisible, el ejército estadounidense, cuya violencia y muertes golpean de forma arbitraria. Pero también a su propio ejército, que les roba la comida, les expulsa de sus refugios, viola a sus mujeres y los utiliza como escudos humanos. Higa subraya este segundo horror con especial contundencia porque es el que nace de la jerarquía, del miedo y de la deshumanización institucional.
Una de las virtudes del álbum está en su manera de administrar la información. Higa trabaja con la elipsis y el fuera de campo: a menudo no muestra el impacto en el momento explosivo, sino el antes y el después, como si la violencia fuese demasiado cotidiana como para merecer subrayado. El resultado es más demoledor: el lector completa lo que no ve y entiende que, en este mundo, lo peor no siempre se anuncia. Esa economía narrativa, más insinuación que exhibición, evita el sensacionalismo y convierte la lectura en un ejercicio de empatía incómoda.
El estilo de dibujo de Susumu Higa es deliberadamente clásico y funcional, con un trazo de líneas finas y limpias que prioriza en todo momento la claridad de lectura frente al lucimiento gráfico. Su puesta en página es ordenada, fácil de seguir y muy legible, lo que encaja con el tono cotidiano y cercano de sus historias. Higa presta una gran atención al detalle, especialmente en la gestualidad y en los pequeños elementos del entorno, pero sin sobrecargar la viñeta ni distraer del núcleo narrativo.
Sus personajes están anatómicamente bien definidos, con un diseño sencillo pero sólido, lejos de la estilización extrema o de la caricatura excesiva. El énfasis recae en la expresividad facial y corporal, clave para transmitir el dolor, el miedo y la resignación que recorren el conjunto de la obra. Los fondos, sobrios y reconocibles, cumplen una función principalmente contextual, reforzando la sensación de cotidianidad. Precisamente esa normalidad es la que vuelve más insoportable lo que ocurre. En conjunto, el dibujo de Higa se revela honesto, accesible y narrativamente eficaz, completamente al servicio del retrato cultural y humano que propone.
Desde ese lugar periférico, también respecto a la industria del manga más comercial, se entiende mejor el alcance de la obra de Higa. Su producción es reducida y espaciada en el tiempo, pero responde a una elección consciente: cada relato funciona como una pieza de memoria, no como un episodio más de una serie destinada a perpetuarse. Lejos de la lógica de acumulación o del éxito serial, ‘Okinawa, el viento habla’ se inscribe en una trayectoria autoral que privilegia la permanencia del testimonio frente a la visibilidad inmediata.
Al final, Okinawa, el viento habla funciona como una pieza que dialoga con una tradición del cómic que ha abordado la guerra desde la memoria y la experiencia civil. En su rechazo de la épica y su atención al sufrimiento cotidiano puede emparentarse con obras como Pies descalzos de Keiji Nakazawa o con la mirada humanista y amarga de Shigeru Mizuki, pero también con aproximaciones más contemporáneas al cómic testimonial como las de Joe Sacco o, desde otro registro, Art Spiegelman.
Sin embargo, Higa no imita ninguno de estos modelos: su apuesta es más seca, más contenida y profundamente local. Un cómic de lectura dura, sí, pero también necesario, porque no busca héroes ni grandes lecciones morales, sino preservar una memoria incómoda que rara vez ha tenido espacio en el relato dominante de la contienda.

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